En 1992, el etnobotánico Terence McKenna publicó Food of the Gods, donde proponía que el consumo de hongos psilocibios por parte de homínidos prehistóricos había contribuido a la extraordinaria expansión del cerebro humano. La comunidad científica lo ignoró o lo ridiculizó. Tres décadas después, su hermano Dennis sostiene que los avances en neuroplasticidad, epigenética y paleoclimatología han transformado esta hipótesis de cuento de hadas en una pregunta científica abierta.
La hipótesis que dividió a la comunidad científica
El cerebro humano triplicó su tamaño en un período evolutivo relativamente corto. Este fenómeno, conocido como encefalización, constituye uno de los eventos más llamativos y menos explicados de la historia evolutiva de nuestra especie. Terence McKenna, quien moriría en el año 2000 a los 53 años por un tumor cerebral, propuso una respuesta heterodoxa —los hongos psilocibios.
Según su hipótesis, los homínidos que habitaban la sabana africana consumían hongos del género Psilocybe que crecían en los excrementos del ganado bovino que compartía su hábitat. A dosis bajas, esos hongos habrían mejorado la agudeza visual y la coordinación ojo-mano, ventajas directas para la caza y la recolección. A dosis más altas, habrían inducido estados de conciencia alterada capaces de borrar fronteras sensoriales, potenciar el reconocimiento de patrones y estimular formas primitivas de comunicación simbólica. McKenna, que describía el lenguaje como una actividad fundamentalmente sinestésica, especuló que estas experiencias pudieron sentar las bases del lenguaje, la autoconciencia y la religión.
La recepción fue fría. Algunos reseñadores encontraron la propuesta estimulante como desafío al pensamiento convencional. La mayoría de la comunidad científica la descartó por falta de evidencia directa. Sin mecanismo biológico demostrable y sin registro arqueológico, la Teoría del Simio Drogado quedó relegada a los márgenes de la contracultura psicodélica, donde el nombre de Terence McKenna —quien junto a su hermano Dennis había hecho más que nadie por revitalizar el interés popular en los psicodélicos— ya era una figura de culto. Años después, su encuentro con Rick Strassman daría lugar a otra hipótesis igualmente debatida, la del DMT endógeno, analizada en profundidad en nuestro artículo sobre la glándula pineal y el DMT.
Los nuevos argumentos de Dennis McKenna
En agosto de 2025, Dennis McKenna presentó una ponencia en el Telluride Mushroom Festival en la que revisó la hipótesis de su hermano a la luz de los avances científicos de las últimas tres décadas. Su conclusión fue rotunda.
Los nuevos datos desconocidos para la ciencia en 1993, cuando se publicó el libro, desplazan la hipótesis de plausible a más que probable.
Neuroplasticidad y psicodélicos
Cuando se publicó Food of the Gods, el cerebro adulto se concebía como una estructura relativamente fija, cuya arquitectura básica quedaba establecida en la infancia y cuya trayectoria evolutiva dependía principalmente de lentas mutaciones genéticas. La investigación de las últimas dos décadas ha desmantelado esa visión. Hoy sabemos que el cerebro es considerablemente más maleable de lo que se creía, capaz de reorganizarse tanto estructural como funcionalmente en respuesta a experiencias, entornos y sustancias psicoactivas.
Los psicodélicos clásicos, y la psilocibina en particular, promueven la neuroplasticidad al flexibilizar los patrones neurales consolidados. Algunos investigadores describen este estado como un retorno temporal a un modo cognitivo más abierto desde el punto de vista del desarrollo, análogo al que caracteriza los períodos críticos del aprendizaje en la infancia. Los efectos del psilocibio en el cerebro documentados en la literatura actual coinciden precisamente con lo que McKenna describía en términos especulativos como reprogramación cognitiva.
Epigenética y memoria biológica
Cuando Terence McKenna escribió Food of the Gods, la epigenética era un campo en pañales. Hoy sabemos que las entradas ambientales —dieta, estrés, exposición a compuestos químicos— pueden alterar la expresión génica sin modificar el ADN subyacente, y que algunos de esos cambios pueden transmitirse entre generaciones. En otras palabras, la biología tiene memoria.
Si la psilocibina induce de forma fiable cambios neurales adaptativos en los individuos que la consumen, los mecanismos epigenéticos ofrecen una vía concebible a través de la cual esos cambios podrían afectar los resultados del desarrollo a lo largo de varias generaciones. No es una prueba de la Teoría del Simio Drogado, pero sí un puente conceptual entre la experiencia individual y la transformación evolutiva que en la época de McKenna simplemente no existía.
A esto se suma nueva investigación sobre la transferencia horizontal de genes y la evolución química de los hongos psilocibios. Un estudio de 2025 publicado en The New York Times analizó cómo los hongos adquirieron la capacidad de sintetizar psilocibina —posiblemente para perturbar el comportamiento de los insectos— mediante transferencia genética entre especies no emparentadas. Esta línea de investigación sitúa la psilocibina en un contexto ecológico más amplio que refuerza la plausibilidad de sus efectos sobre organismos con sistemas nerviosos complejos.
El registro ecológico y paleoclimático
El argumento más novedoso de Dennis McKenna en Telluride fue geológico. Nuevos datos paleoclimáticos sugieren que grandes extensiones del norte y el este de África eran significativamente más húmedas hace dos millones de años de lo que son hoy, sosteniendo praderas capaces de mantener grandes rebaños de ganado. El registro fósil y arqueológico sitúa especies ancestrales de los actuales zebus —ganado bovino doméstico— junto a homínidos fabricantes de herramientas achelenses en ese mismo territorio.
La cadena ecológica es simple. Donde había ganado, había estiércol; y donde había estiércol en condiciones cálidas y húmedas, había hongos. En 2024, tecnología genómica y molecular permitió datar los hongos psilocibios en 65 millones de años de antigüedad, situando su aparición alrededor de la extinción de los dinosauros, mucho antes de que los primeros homínidos aparecieran hace unos dos millones de años, y antes aún de que el Homo sapiens moderno emergiera hace 300.000 años. La coexistencia cronológica y ecológica, aunque no sea prueba directa, refuerza la verosimilitud del encuentro.
Las críticas que persisten
Ninguno de estos argumentos constituye evidencia directa del consumo prehistórico de hongos psilocibios. Y esa ausencia sigue siendo el talón de Aquiles de la teoría. A diferencia del alcohol, el opio o el cannabis, los hongos no dejan residuos en cerámica ni trazas detectables en huesos. La tasa de degradación del material fúngico y la naturaleza del compuesto hacen que el registro directo sea extraordinariamente difícil de obtener.
La arqueóloga Elisa Guerra-Doce, especialista en drogas prehistóricas, ha sido explícita en su evaluación.
La hipótesis de McKenna es demasiado simplista y carece de evidencia directa.
Las pinturas de Tassili-n-Ajjer, en Argelia, a menudo citadas por los defensores de la teoría como representaciones de hongos con poder espiritual, pertenecen al Neolítico, no al Paleolítico. No pueden usarse para argumentar sobre el comportamiento de homínidos de hace dos millones de años.
Linguistas como Stephen Pinker y Terrence Deacon han señalado que el lenguaje probablemente evolucionó de forma gradual a través de presiones sociales y aprendizaje vocal, no mediante revelación química. Atribuir el pensamiento simbólico o la religión a los hongos podría subestimar el lento trabajo de la evolución cultural y confundir correlación con causalidad.
Hay también un argumento darwinista básico que los críticos esgrimen. Los psicodélicos son compuestos poderosos e impredecibles. A dosis elevadas pueden alterar gravemente el juicio y desorientar la percepción. En entornos llenos de depredadores, grupos rivales y recursos escasos, no es evidente que una sustancia capaz de inducir un viaje psicodélico intenso mejorara de forma fiable las posibilidades de supervivencia. La evolución, argumentan los críticos, favorece la robustez sobre la revelación.
Del simio drogado al simio despierto
Dennis McKenna es consciente de las críticas y las incorpora a su reformulación. Subraya que no atribuye la encefalización exclusivamente a los hongos. La ingesta de carne, el uso controlado del fuego y otros factores ambientales también fueron determinantes.
Los críticos que afirman que señalo esto como el único mecanismo catalítico son ellos mismos simplistas. Lo que afirmo es que fue una influencia significativa.
Respecto a los riesgos evolutivos de los psicodélicos, McKenna ofrece una respuesta precisa. A dosis bajas —las que un homínido consumiría al ingerir cantidades moderadas de hongo— la agudeza visual, la coordinación ojo-mano y la actividad física se ven mejoradas, no deterioradas. La ventaja de supervivencia operaría en ese rango de dosis, no en el de los viajes de alta intensidad.
McKenna también rechaza el nombre que hizo famosa la hipótesis.
He llegado a lamentar y rechazar el subtexto peyorativo del término simio drogado. Es desafortunado que esto se haya convertido en un meme y es muy difícil resistirlo. Un término mucho mejor y más preciso, creo, es simio despierto.
El cambio no es solo cosmético. Refleja una concepción diferente de lo que los hongos habrían aportado. No intoxicación, sino apertura cognitiva.
David Luke, profesor de experiencias excepcionales en la Universidad de Greenwich, ofrece una evaluación matizada. Considera la teoría demasiado simplista en su formulación original, pero reconoce que algunos de sus elementos han recibido respaldo científico posterior. Destaca en particular un preprint reciente que encontró que los genes humanos sensibles a los psicodélicos están sobrerrepresentados entre los genes de evolución acelerada en nuestra especie, sugiriendo una conexión entre la acción psicodélica y los circuitos corticales implicados en la cognición superior.
Luke también señala el vínculo entre psicodélicos y sinestesia como posible puente hacia el origen del lenguaje. Su propia investigación ha demostrado que los psicodélicos inducen de forma fiable sinestesia visual-auditiva transitoria, que en algunos casos se vuelve permanente. Sobre el origen fonético del lenguaje, añade Luke.
Las lenguas más antiguas tienen el mayor número de fonemas, lo que encaja con la idea de McKenna de que la glosolalia inducida por psilocibina pudo haber contribuido a la evolución del lenguaje.
La Teoría del Simio Drogado —o del Simio Despierto— no está probada. Probablemente no lo estará nunca, dada la naturaleza del registro fósil. Pero en 2026 ocupa un espacio diferente al que tenía en 1993. No es ya una fantasía psicodélica sino una pregunta sin resolver que se sienta, incómodamente, en los márgenes de la ciencia evolutiva convencional. Dennis McKenna lo resume así.
Si miramos a los humanos y lo anómalos que son nuestros cerebros, simplemente tiene cierto sentido. ¿Qué otra cosa podría haber tenido este tipo de influencia en esta rápida evolución neural?
Preguntas frecuentes (FAQ)
Las preguntas más frecuentes sobre la Teoría del Simio Drogado, los nuevos datos que la respaldan y las críticas que persisten.
1. ¿En qué consiste la teoría del simio drogado de Terence McKenna?
La Teoría del Simio Drogado, propuesta en Food of the Gods (1992), postula que el consumo de hongos psilocibios por homínidos prehistóricos contribuyó a la rápida expansión del cerebro humano. A dosis bajas habrían mejorado la agudeza visual y la cohesión grupal; a dosis más altas habrían inducido estados que favorecieron el lenguaje, la conciencia simbólica y la religión.
2. ¿Qué evidencia nueva respalda la teoría del simio drogado?
Dennis McKenna señala tres líneas de evidencia reciente. La primera son los avances en neuroplasticidad que muestran que los psicodélicos flexibilizan patrones neurales consolidados. La segunda es la epigenética, que demuestra que los cambios ambientales pueden transmitirse entre generaciones. La tercera son los datos paleoclimáticos que sitúan el África oriental de hace dos millones de años como un entorno húmedo y rico en ganado bovino —y por tanto en hongos sobre el estiércol.
3. ¿Cuáles son las principales críticas a la teoría del simio drogado?
Los críticos señalan la ausencia de evidencia arqueológica directa, ya que los hongos no dejan residuos en cerámica ni en huesos. Elisa Guerra-Doce la califica de demasiado simplista. Otros investigadores señalan que la ingesta de carne y el uso del fuego son explicaciones más parsimoniosas de la encefalización, y que la evolución favorece la robustez sobre la revelación.
4. ¿Qué diferencia a Dennis McKenna de su hermano Terence en esta teoría?
Dennis rechaza los elementos especulativos del planteamiento original. Descarta la idea de que los hongos sean extraterrestres, prefiere hablar de relación simbiótica, rechaza el término simio drogado en favor de simio despierto y subraya que los hongos habrían sido uno entre varios factores en la encefalización, no la causa única.
5. ¿Qué dice la investigación reciente sobre los genes humanos y los psicodélicos?
Un preprint reciente encontró que los genes humanos que responden a los psicodélicos están sobrerrepresentados entre los genes de evolución acelerada en nuestra especie, sugiriendo una posible conexión entre la acción psicodélica, los circuitos corticales de la cognición superior y los genes que más han cambiado durante la evolución reciente del Homo sapiens.
Referencias bibliográficas
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